domingo, 5 de noviembre de 2017

Cita a ciegas



Su ascendencia, mitad india y mitad británica, encerraba la promesa de una belleza exótica y subyugadora. Sin embargo, en esta ocasión, la genética no había llevado a cabo la mejor combinación posible y no pasaba de ser una chica de aspecto corriente. Esa fue al menos mi primera impresión al verla, aunque más tarde me vería obligada a cambiar de parecer. No estaba decepcionada, o tal vez sí, pero igualmente pensaba quedarme a la cita. 

Elegimos para sentarnos uno de los amplios sofás del pub, justamente ese que por su estratégica situación resultaba más que discreto. Estoy segura de que mientras nos quitábamos los abrigos entre comentarios intrascendentes y sonrisas amables, ella me estudiaba del mismo modo en que lo hacía yo: con disimulo pero con franca curiosidad, calibrando curvas y suavidades, sopesando posibilidades  bajo la ropa. 

Un café para ella y un té con leche para mí, por favor.

La conversación adquirió casi desde el primer momento tintes personales y, de forma fluida y natural, nos fuimos contando cosas de nuestra vida, poniendo en palabras las circunstancias que nos habían llevado a ambas a ese encuentro, expresando los motivos que nos habían inclinado a una búsqueda que seguramente pocos entenderían y en la que internet había resultado de gran ayuda. Ella era una mujer asombrosamente clara y desinhibida, con experiencia. Yo me sentía un poco torpe a su lado, como la novata que era en esas lides, pero no pensaba negarme la oportunidad de hacer realidad mi deseo, a menos que ella se opusiera, claro, y hasta el momento no tenía indicios de que eso fuese a suceder. 

La charla prosiguió salpicada de sutiles guiños, de roces ocasionales, apenas perceptibles, de las manos o las rodillas, de miradas que pretendían sin resultado desasirse del escote o la boca de una u otra; nuestros cuerpos tendían a aproximarse para compartir confidencias y olor a perfume. Sin embargo nadie habría sospechado al vernos que éramos algo más que dos buenas amigas tomando un refrigerio; la corriente magnética y la expectación que nos envolvían solo eran perceptibles para nosotras. 

Su valiente punto de vista sobre cada tema, su energía arrolladora y la determinación absoluta de vivir su vida al margen de convencionalismos sociales, hacían honor a su bonito nombre, Naisha, que según me dijo significaba “especial”. Ya lo creo que lo era: la mujer que se traslucía bajo aquel vestido ceñido de estampado imposible se me antojaba única y, para qué negarlo, mucho más atractiva que al principio de nuestro encuentro. Ella era preciosa por dentro y yo empezaba a pensar que había encontrado a la persona indicada, que mi idea no era un puro disparate o una fantasía irrealizable y que saldría bien después de todo. 

No hubo necesidad de mucho más; Naisha era en extremo inteligente y perceptiva y supo que estaba todo decidido. En un momento dado llamó al camarero, pagó la cuenta y me ofreció visitar el cercano centro comercial. Teníamos que comprar algo acorde a la ocasión. Con aquel gesto ambas consentíamos en validar nuestro acuerdo definitivamente y dábamos sobrado consentimiento.

Visitamos varias tiendas de lencería y se probó los conjuntos que yo le sugerí traviesamente: encaje, transparencias y colores pastel estaban entre mis favoritos. Su invitación para pasar con ella al probador me pilló un poco desprevenida, pero acepté encantada. Eso me dio la oportunidad de comprobar que todas las prendas se ajustaban maravillosamente bien a sus curvas color canela. Naisha no tenía ya el cuerpo de una veinteañera, cierto, pero eso tampoco le hubiera complacido a Andrés; de sobra conocía yo sus gustos. En su espléndida madurez ella seguía siendo una mujer muy apetecible, el perfecto regalo de cumpleaños que yo pretendía hacerle a mi marido.

Nos llevamos el conjunto color aguamarina, gracias. Las dos sonreíamos con complicidad mientras la dependienta pasaba solícita la tarjeta de crédito por el datáfono. Ni siquiera miré el importe antes de firmar el recibo. Mi ilusión, y esperaba que también la de él, no tenían valor económico. 

Ya en la puerta nos despedimos con un afectuoso beso en la mejilla; había resultado una delicia pasar la tarde con Naisha. Según nuestro acuerdo no hablaríamos jamás, bajo ninguna circunstancia, de aquel encuentro ni de sus consecuencias inmediatas, pero nos volveríamos a ver pronto. Su pareja celebraba aniversario en unas semanas y entonces sería mi turno para cumplir la parte del trato que me correspondía. Solo esperaba poder resultar un regalo tan tentador como lo era ella.
Julia C.

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