sábado, 27 de mayo de 2017

Gina (IX)



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Quería llorar y no podía. Quería gritar pero la voz no le salía de la garganta, seca como si hubiese tragado arena. Apenas fueron unos instantes lo que estuvo allí parada, observándolos, pero a ella le parecieron siglos enteros. Cuando por fin consiguió que sus piernas obedecieran sus deseos, dio media vuelta y se lanzó a la carrera calle abajo. No tenía destino, solo buscaba aire fresco, poder respirar de nuevo, despertarse de ese mal sueño y comprobar que todo era mentira. 

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En los días siguientes Gina no salió de casa en ningún momento, no encontraba las fuerzas, pero poco a poco fue echando mano de las técnicas de relajación que le había enseñado el psicólogo y se fue serenando. ¿De qué le iba a servir aquella actitud de autocompasión y rabia infinita? Después de todo Alberto no había adquirido ningún compromiso con ella y Martina, aunque parecía que lo había superado por completo, tenía el problema que tenía. Quizás era culpa suya por haberle ofrecido una excusa para la recaída, aunque en modo alguno aquello la hacía menos responsable de sus actos. Lo cierto era que su querida amiga, la pelirroja explosiva que cualquiera hubiera calificado como una mujer seductora y tremendamente segura de sí misma, tenía un severo trastorno de autoestima que trataba de compensar a toda costa y en todo momento. Gina aún recordaba la tarde en que se abrió sin reservas a ella y le contó por qué visitaba al psicólogo. Qué ironía, quizás ese fue precisamente el momento en que se hicieron verdaderas amigas, en que compartieron lo peor de sí mismas y decidieron aceptarse a pesar de todo. 

La madre de Martina los abandonó a su padre y a ella cuando tenía trece años. Al principio él trató de compensar la carencia e hizo todo lo que pudo por cuidar y consolar a su hija, pero después se vio sobrepasado por las circunstancias y empezó a culparla, a machacarla psicológicamente con el peso de una responsabilidad que no era suya. Martina resistió todo lo que pudo, pero acabó por encontrar su propia y enfermiza válvula de escape: con la llegada de la adolescencia y el florecer de un cuerpo de curvas rotundas, comenzó a seducir obsesivamente a cuantos hombres comprometidos estaban a su alcance, generalmente mucho mayores que ella. Era una forma desesperada de buscar la atención y el cariño que no tenía de sus padres. 

Unos años más de madurez y una enfermedad de transmisión sexual que pudo haber sido seria, supusieron el  punto de inflexión. Comprendió lo destructivo de aquella conducta y buscó consejo profesional para solventar su conflicto interno. 

Parecía que no lo había logrado por completo, reflexionó Gina llorando de nuevo y sin entender cómo podía estar haciéndole algo así a ella, su mejor amiga.


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¡Por fin coges el teléfono! Me tenías preocupada, estaba a punto de mandar a una cuadrilla de bomberos macizos a tu casa para que echaran la puerta abajo. ¿Dónde te habías metido? A pesar de la broma el tono de preocupación de Martina parecía sincero, y eso aún le dolió más a Gina.
Qué exagerada eres. No me acordé de decirte que mis padres estarían aquí unos días, para controlar un poco, ya sabes. Hace dos meses que no les veía y quería dedicarles tiempo, nada más No tenía ni idea de si aquella excusa sonaba creíble, pero la verdad era que le importaba muy poco.
Qué rarita eres. Me hubiera gustado mucho saludarles, pero bueno, otra vez será. ¿Qué tal sigues?
Muy bien, nunca en mi vida he estado mejor Era evidente que el tono de Gina encerraba una dosis importante de sarcasmo, pero la pelirroja no quiso indagar en la cuestión y continuó como si nada.
Pasado mañana es tu cumple, ¿estás preparada para el día más importante del año?
Te lo digo completamente en serio, Martina, ¡no estoy de humor! Además tengo mucho que estudiar, ya lo celebraremos en otra ocasión.
Completamente cierto, estás de un humor pésimo. ¡Deja de desayunar vinagre, guapa! Martina esperaba una risa que no se produjo al otro lado del teléfono. Frunció el ceño y supo que su amiga estaba peor que mal Vale, mensaje recibido, no haremos nada que no te haga feliz. 

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Alberto estaba realmente contento de haber conocido a Martina, aunque tenía que reconocer que la primera impresión sobre ella no fue muy positiva. La joven irrumpió en su despacho una mañana sin ser anunciada, soltó un paquetito sobre el informe que tenía delante con bastantes malos modos y se plantó desafiante frente a él. Ante su silencio perplejo empezó a pedirle cuentas atropelladamente sobre no sabía bien qué asunto y a mover su dedo índice en el aire apuntando directo a su cara. Apenas si lograba entenderla a pesar del volumen de sus palabras, pero su puño en la cadera, la cabeza ladeada y el mentón adelantado ya daban buena cuenta de su monumental enfado. Era una mujer espectacularmente hermosa, de mirada fiera y melena color rubí, pero todo pensamiento en esa línea desapareció de su mente cuando logró oír con claridad el nombre de Gina. ¡Aquel torbellino humano le estaba hablando de Gina!

Julia C.

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