martes, 25 de abril de 2017

Gina (VI)



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Mientras se desperezaba entre las sábanas de raso color berenjena y disfrutaba del acompasado respirar de Alberto, Gina cedió a la tentación de analizar sus sentimientos, un tanto confusos. Estaba feliz, plenamente satisfecha después de una noche maravillosa, pero también reconoció en su interior aquella sensación  de vértigo que ya creía superada. 

Su última relación, la más importante y larga de su vida, había sido un completo desastre; eso incluía un final turbulento y desagradable que la dejó muy trastornada. No llegó a sufrir malos tratos físicos por parte de su pareja, pero Gabriel, ocho años mayor que ella, era un hombre complicado que nunca supo quererla de un modo sano, como hubiera sido lo deseable para alguien tan joven como Gina. Estaba muy enamorada de él, le tenía completamente idealizado, pero su afán de posesión y sus continuos cambios de humor acabaron por desestabilizarla: al cabo de un tiempo se sumió en un permanente estado de ansiedad imposible de sostener. Cuando consiguió reunir las fuerzas suficientes para dejarle ya habían transcurrido tres años y había perdido el último curso de sus estudios en el conservatorio. Sus padres insistieron en que cambiara de ciudad y buscara la ayuda de un profesional que la sacara del bache. Fue precisamente allí, en la sala de espera del psicólogo, donde conoció a Martina, su ángel de la guarda desde entonces. 

A raíz de aquel episodio Gina no había querido tener más relaciones, y eso que proposiciones no le faltaban; tenía miedo de volver a pasar por el mismo infierno de nuevo. Por eso decidió olvidarse de cualquier distracción amorosa y apostarlo todo a su futuro profesional, ya habría tiempo para lo demás. En esas estaba cuando Alberto se cruzó obstinadamente en su vida.

“Bueno, no hay que dramatizar”, pensó. “Esto no tiene por qué pasar de aquí ni desviarme de mi camino; puedo eliminar a Alberto de la ecuación antes de que las cosas se compliquen”. Pero justo a continuación volvieron a su mente las imágenes de lo ocurrido la noche anterior y dudó seriamente de su fuerza de voluntad para llevar a cabo sus propósitos. 

Al contrario de lo que sucedía de habitual, en la cama Alberto hablaba muy poco; no lo necesitaba porque había encontrado otras formas de expresarse igual de efectivas. El prefería dejar que los cuerpos “conversaran” sin interrupciones, como le había explicado a la chica, deleitarse interpretando sus sonidos propios y aprendiendo a reconocer las necesidades y urgencias de su pareja en cada momento. Lo cierto es que su excepcional intuición para complacer a Gina fue toda una novedad, acostumbrada como estaba ella a dar mucho más de lo que recibía.  A golpe de caricias, jadeos y besos sin fin apuraron una noche que pareció desenvolverse a cámara lenta. Solo una pega podía poner Gina, y es que le había costado bastante contener su natural impaciencia y su energía arrolladora para amoldarse a la parsimonia casi ritual de Alberto. Toda una experiencia para ella, que a decir verdad tampoco es que tuviera demasiada. 

Sonriendo morbosamente en la decreciente penumbra de la habitación, tuvo que reconocer que se moría de ganas por repetir y tratar de llevárselo a su terreno esta vez. No es que lamentara haberle permitido marcar el ritmo en todo momento, en absoluto, pero buscaría la ocasión para tomar la iniciativa y enseñarle a hacer las cosas a su modo. Quizás Alberto fuera el hombre adecuado para practicar ciertos juegos con los que muchas veces había fantaseado y que nunca se había atrevido a proponerle a nadie. 

El desagradable zumbido del despertador impidió que sus pensamientos siguieran discurriendo por esos derroteros durante más tiempo. Ya había amanecido y era hora de volver a la vida real.

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¿Me estás diciendo que empezaste tú? Eso sí que es un progreso, doña cobardica. No, en serio, ¡cuánto me alegro! Ya era hora de que te sacudieras los malos rollos que te dejó Gabriel y te lanzaras a la piscina. Martina estaba realmente feliz por su amiga y, aunque no quisiera reconocerlo, también un poco preocupada por si el tal Alberto resultaba ser un “capullito”. Sería desastroso ahora que veía a Gina tan ilusionada.
Pufff nada que ver con nadie que yo haya conocido, Martina. Me trató genial todo el rato, súper dulce, aunque a veces me parecía como un poco “antiguo”.
¿Antiguo? ¡Anda ya, no es tan viejo! Es que los pijos son así, estirados a ratos, como si los hubieran almidonado ambas rieron con ganas por la ocurrencia. A ver, mátame de envida: ¿qué te ha preparado el “amante perfecto” para desayunar?
Bueno, la verdad es que nada; yo le he preparado el desayuno a él mientras se duchaba. Si vieras la de cosas ricas que había en su nevera, ¡alucinante!
Chica, qué mal te veo. ¡Estás perdida! La pelirroja tenía una amplia sonrisa en los labios.  ¿Cuándo volveréis a veros?
No hemos hablado de eso; él llegaba tarde a trabajar y nos hemos despedido con prisa.
Si se admiten apuestas, yo digo que antes de que acabe el día tienes noticias suyas.
Pero no se admiten; por si acaso no quiero hacerme muchas ilusiones.

“Demasiado tarde para eso”, pensó Martina para sus adentros.

*********


Gina trató de hacer su vida normal durante toda la jornada, pero le resultaba imposible concentrarse; no podía evitar mirar el móvil cada cinco minutos por si tenía algún mensaje de Alberto. Al llegar la hora de acostarse, sin novedades al respecto, se sentía psicológicamente extenuada de hacer conjeturas y muy decepcionada. No estaba enfadada con él, sino consigo misma. No podía ser que fuera tan tonta, ¡otra vez pasándolo mal por culpa de un hombre!

Julia C. 

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