martes, 26 de abril de 2016

Elecciones y renuncias


Cuando aquella tarde se cruzaron inesperadamente nuestras miradas y ella me volvió la cara, rehuyendo el saludo con gesto sorprendido, supe que era todo verdad y que tenían razón los que murmuraban de su prolongada soltería. Le busqué a él instintivamente y allí estaba, con sus anchas espaldas, una mirada que siempre me pareció afable y su nariz aguileña, sonriéndole. Claro que yo nunca le había visto aquella sonrisa, tan diferente de la que les dedicaba a sus feligreses desde el púlpito.

Dicen que el mundo es muy pequeño, y ciertamente así debe ser. Nadie podía haber previsto que nos encontraríamos tan lejos de nuestras respectivas residencias: yo veraneando en la costa con mi familia, lejos de la gran ciudad, y ella en aquel pueblecito pesquero tan alejado del suyo propio. Pero así son las casualidades.

Es cierto que no teníamos un trato muy estrecho, pero nos conocíamos de sobra y sabíamos de nuestras respectivas vidas; éramos algo así como unas primas lejanas. Su tío y mi tía eran matrimonio desde hacía más de sesenta años y los eventos familiares nos habían reunido muchas veces. Además, nuestros tíos nunca tuvieron hijos y al llegar a la edad en que necesitaban frecuente ayuda, muchas veces habíamos aunado esfuerzos para hacerles la vida un poco más fácil.

Me hubiera gustado decirle algunas cosas aquella tarde, pero no tuve ocasión. Su acompañante y ella pagaron apresuradamente la cuenta en la terraza en la que disfrutaban de la tarde y se marcharon. Yo me quedé rumiando mis pensamientos.

No he vuelto a verla desde entonces, y quizás cuando suceda ya no sea el momento adecuado, pero si tengo ocasión me gustaría abrazarla fuerte y decirle que no se preocupe, que lo entiendo, que su secreto mal guardado no encontrará eco en mí.

Y lo cierto es que se me atropellan las palabras para expresar lo mucho que lamento todo lo que habrá tenido que pasar viviendo en un pueblo pequeño, donde siempre hay alguien que observa y cualquier cosa es un acontecimiento digno de ser analizado y difundido hasta la saciedad. Me gustaría decirle que lamento los comentarios malintencionados de los que conociéndola de toda la vida, le sonreían a la cara pero se burlaban de ella a sus espaldas; la consideración despectiva de solterona que muchos le adjudican; el haber tenido que renunciar a formar una familia y esconder su amor como algo vergonzante; los gestos de pena o de crítica que tantos le habrán dedicado. Tantas y tantas cosas con las que ha tenido que cargar por no enamorarse de una persona más “conveniente” y por ser fiel a ese amor.

Ni sé ni necesito saber sus motivos para no haberlo dejado todo y haberse marchado lejos de sus familiares y vecinos, incluso lejos de ese hombre. No es asunto mío. Yo solo puedo ofrecerle mi respeto y mi comprensión, porque quién sabe si de haber estado yo en su lugar, no habría hecho la misma elección y aceptado las mismas injustas renuncias.

Desgraciadamente éste es el mundo en el que vivimos y hay muchas reglas que cumplir. No siempre nos enamoramos de quien debemos…

Julia C.

Código 1604277327229
Fecha 27-abr-2016 7:50 UTC
Licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0