miércoles, 10 de febrero de 2016

La señorita



¡Qué desconsiderado! El nunca hace lo que debe, solo lo que le apetece; por eso le ha dicho que la quiere. Le ha tomado las manos con la respiración contenida y, mientras descansaban en un banco del paseo, ese que está junto al rosal, la ha mirado a los ojos como si pudiera bucear en su azul y se lo ha dicho, tal cual.



Ella no va a poder olvidarlo y, a sabiendas o no, no ha hecho sino añadir inquietud a sus noches de insomnio. Pobre niña, la tortura por puro afán de jugar; ¡no puede ser amor un sentimiento tan insensato!



Tuve que interrumpir la escena haciendo notar mi presencia, claro. Todavía habría pretendido besarla el desalmado. No, de ninguna manera si yo puedo evitarlo. Le he llevado su chal a ella, que en verdad andaba necesitada a juzgar por los temblores del cuerpo, y le he despedido a él poniéndole la chistera y el bastón en la mano. No me importa lo que piense, no tengo que ser cortés con semejante petimetre.



A ver cómo salimos de ésta, porque a la tarde viene a visitarla su prometido. Si no le vuelve el color a las mejillas voy a tener que excusarla diciendo que está indispuesta. Dicen que él ha dejado de salir en público con su amante, como corresponde a un caballero ya comprometido. Realmente parece que no solo persigue su fortuna, a ver si dejan ya de murmurar las malas lenguas. Feliz debería sentirse la señorita de verse tan bien considerada, pero los jóvenes no tienen sesera y solo piensan en las tonterías del amor.


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Toda la casa en pie esta mañana, ¡qué disgusto y qué escándalo! No lo querrás creer, pero la señorita se ha fugado de madrugada con el petimetre…



Julia C.

Este relato ha obtenido la mención de bronce en el concurso del Círculo de Escritores, edición "San Valentín II"




Código 1602106485348
Fecha 10-feb-2016 17:06 UTC
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