domingo, 26 de marzo de 2017

Gina (III)



Alberto pagó la cuenta más triste que enfadado, sin entender nada, y tras echar distraídamente un vistazo a su móvil, decidió que pasaba de contestar los whatsApps de sus amigos. Estaban pendientes de la cita más por afán de cotilleo que por sincero interés, estaba seguro. Eran sus colegas, a algunos de ellos los quería como a hermanos, pero a veces le parecía que eran poco menos que insoportables. Mirando sin ver la pantalla del dispositivo de repente se le ocurrió una idea: buscar a Gina en Facebook. Ahora que tenía su número de teléfono no podía resultar tan complicado localizarla y quizás así descubriera algo, aunque solo fuera una pista de lo que le sucedía. Sin ganas de enfrentarse al frío de la calle ni a lo solitario de su apartamento se pidió el tercer café de la tarde, aspiró hondo el tenue aroma a vainilla que ya asociaba irremediablemente a la chica y se aplicó a la tarea.

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Gina llegó a casa con la respiración entrecortada por la carrera. Cuanto más avergonzada se sentía por su impulsiva reacción, más corría y más estúpida se sentía a su vez por la forma en que los demás viandantes la miraban; el bucle la hizo recorrer la distancia en un tiempo récord. Tal y como era su costumbre, dejó un reguero de prendas desde el recibidor hasta el sofá de la sala, donde se dejó caer exhausta. Echó de menos dolorosamente los ladridos de bienvenida de Elmer, su fiel compañero, y acarició su correa roja ahora sin utilidad. Aunque lamentaba no haber podido estar con él la noche en que lo atropellaron, también se alegraba de no tener ningún recuerdo sobre ese terrible momento. La noticia le pilló completamente desprevenida, como pasa siempre en estos casos, y le impactó como un puñetazo en pleno estómago; le dolió tanto que casi se queda sin respiración. Suerte que ya había terminado su número aquella noche porque de otro modo hubiera sido incapaz de actuar. Ese pensamiento la hizo volver a Alberto y a su fiesta de cumpleaños. A saber qué estaría pensando sobre ella en aquellos momentos. “Bah, no me importa”, se mintió, y abrió su portátil para mirar fotos de Elmer y de los buenos momentos que habían compartido. Era una forma de estar con él y con todos los amigos que la habían acompañado, aunque fuera virtualmente, en esos duros momentos. El icono en rojo anunciando la petición de amistad de Alberto no se hizo esperar.

Gina III
 

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¿Y entonces?
Entonces nada, paso mucho de él
A ver que no te estoy entendiendo. ¿Me dices que no quieres ni oír hablar del tipo solo porque no te gusta que tenga tantas amigas en Facebook?
No son amigas, Martina, son rollitos y ex. Es un ligón de manual y ahora se ha encaprichado conmigo, pero no seré la siguiente de su lista, eso te lo aseguro.
A lo mejor se me escapa algo, Gina, pero no creo que haya nada malo en divertirse un poco, ¿no? Síguele el juego a ver qué pretende y si luego no te convence, no encargues el traje de novia La sonora carcajada que siguió a estas palabras provocó que todos en la sala volvieran la cabeza hacia la mesa de las dos jóvenes. Gina bebió de su refresco con la cabeza gacha totalmente azorada. Así era Martina, imposible pasar desapercibida si salías con ella.
Estáis todas muy pesaditas con este tema. ¿Tengo que derretirme solo porque es guapo, amable, simpático, inteligente y está bueno? ahora fue la propia Gina la que rio con ganas.
Haz lo que quieras, mona, pero tal y como está el mercado yo no me haría mucho de rogar. Somos legión las lagartas dispuestas a cualquier cosa por un hombre así Y brindaron joviales por todas las lagartas del mundo.

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Alberto siempre había sido tenaz cuando quería algo y no le importaba pelear, pero no estaba acostumbrado a que una mujer le diera largas. Era una experiencia nueva para él que sin embargo, lejos de herir su orgullo, espoleaba su interés. No se planteaba los motivos de no querer tirar la toalla, pero intuía que se avecinaban cosas nuevas en su vida y en su corazón. 

Gracias a las redes sociales había descubierto muchas cosas sobre Gina. Le gustaban particularmente sus vídeos cantando y tocando la guitarra en lo que suponía era la terraza de su casa; ni siquiera reparó en la bicicleta rota que quedaba a su espalda hasta la séptima u octava vez que los vio, algo muy significativo dado su alto sentido de lo estético. Sin embargo, desde el primer momento, se le grabaron en la retina el tono de los reflejos que despedía su cabello al sol o el color exacto de sus labios, siempre sin maquillar. Las alocadas fotos de sus viajes, mochila a la espalda, también le hacían sonreír, sobre todo por el contraste con la seriedad de sus fotos en los eventos del conservatorio. Siguiendo su rastro en las redes sociales entendió lo mucho que le había dolido perder a su perro Elmer, aunque él jamás hubiera tenido una mascota, y lamentó sinceramente que hubiera ocurrido justo el día de su cumpleaños. Ella, lejos de culpar a la amiga que lo paseaba en ese momento, le mostraba públicamente un cariño y un agradecimiento desbordantes por haberle confortado en esos últimos momentos.

¿Acaso aquella chica era de otro planeta? Bueno, al menos era de un planeta diferente al del resto de las mujeres que él había conocido. Estaba seguro de que merecía la pena pelear por una oportunidad con ella. 

Julia C.

martes, 21 de marzo de 2017

Los refranes de tu vida: María Campra Peláez



Hola de nuevo a todos los amantes de los refranes que visitáis esta sección, ¡bienvenidos!

Hoy taigo la amable colaboración de una bloguera a la que, a pesar de sus varios cambios de nombre y look a lo largo de su trayectoria, muchos ya conocéis y seguís sin perderle la pista. Para mí ella encarna la búsqueda incansable y valiente del sueño de ser escritora de profesión (y a buen seguro que lo alcanza, no me cabe ninguna duda). Su nombre es María Campra Peláez

Es muy fácil enamorarse de las historias y de la imaginación inagotable y prolífica de María, pero además a mí me seduce su estilo sencillo y directo a la hora de redactar. Ella escribe siempre a corazón abierto, sin artificios ni técnicas rebuscadas, y por eso es capaz de conectar tan fácilmente con todos nosotros, sus entregados lectores. No importa qué tema elija o en qué formato decida expresarse. 

Hace mucho que la conozco, y en este tiempo he aprendido a apreciar en lo que realmente valen su honestidad y su humildad. Ella lo mismo te regala un relato de ficción delicioso que una experiencia personal en la que no sale precisamente bien parada. Esa naturalidad, esa vitalidad, ese compartirse ella misma en todo lo que emprende, es lo que traslucen sus risas guasonas, sus aventuras de madre de dos hijas pequeñas, su compañerismo a la hora de colaborar en cualquier proyecto, su entrega cuando hace una crítica ante algo que considera injusto. María es como el agua fresca, tal cual.

Me apuesto lo que sea a que cualquiera que lea estas líneas ya está deseando visitar su bitácora, y os lo voy a poner fácil. En otro tiempo se llamó “Escritora Mamá”, pero tras un reciente cambio ahora se llama "Encantadora de Cuentos" (solo tenéis que pinchar en el nombre para aterrizar directamente en su blog). Id sin prisas, hay mucho que disfrutar en su casa. 

También os dejo el enlace a una nueva Comunidad de Google recientemente inaugurada por María junto a otro compañero nuestro, Ramón Márquez Ruíz. Le han dado por nombre "Encantadores de Luz". Está recién nacida, pero le auguro un gran éxito (ese al menos es mi deseo).

Y ahora os dejo con ella y con “los refranes de su vida”, unos poquitos al menos, rescatados directamente de su niñez para compartirlos con nosotros. Un millón de gracias por prestarte a participar tan generosamente en esta sección, María. 




Mucho tiempo llevo queriendo escribir esta entrada para Julia. En mi casa los refranes siempre han estado a la orden del día. Mi madre los tenía todo el día en la boca. Ahora que Julia ha hecho esta recopilación y yo me he puesto a pensar en ellos, me he dado cuenta de que se me han olvidado muchos de los que ella usaba. Pero he podido acordarme de algunos.

                Una de las cosas que mi madre me decía siempre era:

Tú, ver, oír y callar que era el sustituto de En boca cerrada no entran moscas. Mi madre siempre nos llevaba a mi hermana y a mí a todas partes. Cuando quedaba con sus amigas y hablaban de sus cosas, estas eran las frases que solía utilizar.

                Todos los días para irnos a la cama le dábamos un beso de buenas noches, y todas las mañanas el beso de buenos días. Eso sí, entre medias besos a todas horas. Es que en nuestra casa somos muy besuconas. Si algún día se nos olvidaba por algo mi madre solía gritarnos desde el salón:

Mucho te quiero perrito, pero de comer poquito. Esta frase también era utilizada cuando le pedíamos algo, nos decía esta frase, entonces la llenábamos de besos y algunas veces conseguíamos nuestro propósito, aunque he de reconocer que no siempre.

                Mi hermana siempre ha sido un poquito despistada, y siempre que pasaba por alguna parte solía tirar o romper algo. (Ahora esa capacidad la ha heredado mi hija pequeña). Mi madre la llamaba Atila y solía decirle:

Por donde pasa Atila, no vuelve a crecer la tierra. Ahora se lo digo yo a mi peque.

                Una de esas frases de madre, que mi madre decía sin cansarse y que ahora repito yo con su imagen en la cabeza era:

Cuando seas madre comerás huevos. Creo que no necesita explicación porque seguro que todos lo hemos oído en nuestras casas.

                Uno de los refranes que utilizaba poco pero que a mí me hacía mucha gracia, porque estaba en latín era:

Excusatio non petita, acusatio manifiesta. En su momento yo no sabía lo que significaba, mi madre siempre me lo decía cuando yo intentaba darle demasiadas explicaciones de porqué había suspendido un examen o porque había hecho cualquier cosa. Esa frase siempre conseguía hacer que me fuera a mi cuarto enfadada.

      Mi madre nació en Granada y gracias a eso viajábamos mucho a esa ciudad. Uno de los refranes típicos de Granada que ella repetía en sus distintas versiones era:

Quién tiene un tío en Graná, ni tiene tío ni tiene ná. Y quien dice tío, dice novio, amigo o cualquier variedad.

                Cuando mi madre me decía que no cuando le pedía algo y yo le preguntaba hasta la saciedad el porqué de su no, ella acababa diciéndome:

A buen entendedor, pocas palabras bastan. Ahí se acababa cualquier discusión.

                Un refrán típico de mi abuela cuando yo iba en manga corta en mayo, con frío, porque ese día se levantaba algo de viento, ella me decía y me sigue diciendo:

Hasta el 40 de mayo no te quites el sayo. Yo siempre le tengo que dar la razón.

                Y hasta aquí mis refranes por hoy. La verdad es que me quedan muchos en el tintero, pero mi memoria me traiciona. Agradecer a Julia esta oportunidad de volver a traer algunos que ya tenía olvidados. Espero que disfrutéis. Y vosotros, ¿usáis alguno de los que nombro?