miércoles, 21 de febrero de 2018

Amores



Todavía, en algunas ocasiones, me permito el lujo de echarte de menos. Tu recuerdo me asalta a traición en las horas laxas de la tarde destinadas a la desidia del alma, esas que tantas veces compartimos. Quizás podría resistirme a pensarte, pero creo que no quiero; quizás tampoco debo. Dicen que el pasado que no ha de volver no puede hacerte daño y, aunque no estoy muy segura de eso, sí sé que estaría renunciando a una parte importante de mí misma si te desterrara al olvido definitivo. Me dejo llevar con los ojos cerrados y abrazo la emoción perdida de una aventura que tuvo todos los ingredientes necesarios para mantenernos al borde del más dulce abismo durante meses.

Desde el comienzo sabíamos que aquello tenía que acabar; tuvimos la certeza apenas después del primer beso. No estaban a nuestro favor las circunstancias de una vida, la tuya, que se había anudado a intereses y responsabilidades ineludibles. Ya no representaban nada para ti, o eso decías tú, pero tampoco iban a desaparecer por tu capricho. Todas las decisiones tienen consecuencias y elegiste quedarte al lado de aquella mujer para criar a la hija que habíais acordado no tener nunca pero que, de hecho, ya estaba en camino.

Supongo que yo fui para ti un último acto de rebeldía, la puerta de escape para el hombre hecho y derecho que te negabas a ser y que no quería admitir responsabilidades pesadas como losas. Siempre fuiste un niño grande, lo sé. Es lo que más amaba y lo que más detestaba de ti.

Me hago cargo de que era difícil  mantener dos vidas que debían ser paralelas pero que tenían el capricho de cruzarse con frecuencia. Tenías que volver a casa después de estar conmigo, después de haberme dicho hasta la extenuación que me querías, después de haberte deshecho en besos y haber tatuado con ellos mi cuerpo. Tenías que dejarlo todo atrás para cruzar el dintel de su puerta y construir, como por arte de magia, un papel convincente de amante esposo y futuro padre de familia. De todas formas supongo que no siempre lo conseguías porque me contaste que ella se quejaba de tus escasas muestras de cariño y tus “te quiero” distraídos y a cuentagotas. Quizás intuyera mi existencia aunque no pudiera ponerme nombre ni rostro. No lo creerás, pero conseguía imaginarme en su lugar y sentía pena por todo lo que a mí me sobraba y ella debía mendigar.

Nunca se me ocurrió pedirte que renunciaras a esa otra vida, ¿de qué habría servido? Ya tenía la parte de ti que deseaba y necesitaba locamente, no debía aspirar también a que formaras parte de mi existencia fuera de nuestra habitación.  Hubiera sido estúpido por mi parte empañar el espejo que nos reflejaba, siempre felices y borrachos de pasión, con disquisiciones tan vulgares. No fue una historia “bonita”, es un término que resulta insulso para definirla; fue mucho más: vértigo, locura, descubrimiento, anhelo, éxtasis.

Luego, en su momento, nació tu hija y la realidad nos abofeteó con todas su fuerzas en pleno rostro. Qué necios habíamos sido pensando que el calendario y todos los relojes que nos habíamos negado a mirar mientras estábamos juntos, tendrían clemencia con nosotros. Los nueve meses de plazo que por pura inconsciencia nos habíamos concedido llegaron a su fin y tocaba regresar a la insípida y aburrida cordura. Fue entonces cuando decidí volver con él. Estaba preparada para apreciar lo mucho que tenía que ofrecerme y no quería rebajarme a que mi cuerpo te echara de menos, a que sintiera hambre de ti ni un solo instante mi corazón. Siempre he sido orgullosa, ya lo sabes. Creo que agotado nuestro tiempo, los dos volvimos el alma hacia otros amores.

No me hizo preguntas, no quiso saber nada de esos meses que pasé lejos, tan solo me abrió las puertas de su casa y me devolvió el hueco que yo solía ocupar en su cama y en su vida. Recuerdo que la primera vez que me hizo el amor después de mi vuelta, me trató con tanta delicadeza que me hizo sentir casi intangible, a mí que había sido toda carne, piel y sudor contigo. Aún ahora, mucho tiempo transcurrido ya, me mira de tanto en tanto como quien mira un paisaje inabarcable y me pregunta con voz queda si soy feliz a su lado. Lo soy, puedo decirlo mirándole a los ojos, sin mentir, aunque en días como hoy aún te recuerde y sueñe despierta el tiempo que pasamos juntos…

Julia C. Cambil 


jueves, 15 de febrero de 2018

Lejía en la colada



Subió los diez pisos hasta la azotea portando su “arma” bien escondida bajo la bata. Maldecía y resoplaba a cada escalón por el esfuerzo, pero estaba segura de que merecería la pena.  

Le habían advertido de que era peligroso meterse con “los de arriba”, que siempre llevaban las de ganar, pero la afrenta venía de largo y ya había llegado a su límite de aguante: aquel sería el día en que ajustara cuentas.

Mientras pulverizaba generosamente la ropa de sus vecinos con perversa dedicación rumiaba para sí: “ahora os lo pensaréis dos veces antes de arrojar más basura a mi precioso patio. ¡Esto es la guerra!” 

Julia C. Cambil

 




viernes, 9 de febrero de 2018

En sus ojos



Cada mañana hacía su recorrido en sentido inverso al que indicaba la lógica, comenzando su tarea por las últimas jaulas del laboratorio en lugar de por las primeras; además procuraba demorarse todo lo posible. Tania no era negligente ni perezosa, no era esa la razón de sus acciones, sino que temía el momento de enfrentarse al ocupante de la número uno, un mono color chocolate al que ella misma había bautizado como Hugo. 

Su trabajo de técnico no era complicado y lo cierto es que lo disfrutaba mucho: le encantaban los animales, todos sin excepción. Ella comprobaba que se encontraran bien mientras participaban en los estudios, les proporcionaba agua y alimento, registraba algunos parámetros básicos en sus gráficas correspondientes y les mantenía limpio el entorno. A veces, porque no podía resistirse, les daba un nombre y mimos. No parecía muy profesional y quizás no estuviera permitido, pero quién iba a enterarse. La gente importante, los científicos que trabajaban con ellos, no pasaban casi nunca por allí; tenían sus propias instalaciones a las que, por cierto, muy poco personal podía acceder. Eran los celadores para tal efecto los que traían y llevaban a los animales de sus jaulas a las dependencias donde se efectuaban los experimentos.

Hubo un tiempo, al principio, en que tanto secretismo le daba mala espina. Ella no quería colaborar ni tener nada que ver con acciones crueles contra los animales y, aunque le hiciera mucha falta el dinero, no estaba dispuesta a transigir en ese punto. Luego, al comprobar al final de cada jornada que los especímenes estaban en perfecto estado y que parecían contentos, se fue relajando. Hasta que llegó Hugo. 


Recordaba muy bien la mañana en que lo habían recibido, era un día lluvioso de primeros de abril. Tenía el pelaje mojado, seguramente porque en algún momento había dejado de estar a cubierto. Ella le buscó una jaula amplia para que se encontrara cómodo, le secó con una toalla y le acarició mientras le hablaba para que se habituara al tono de su voz y confiara en ella. Era un animal sociable, alegre, incluso travieso, ¡no dejaba de tironearle de la bata y de hacer muecas mientras le pasaba la toalla por el cuerpo! Después le dio una golosina que el mono agradeció brincando y chillando a buen volumen y procedió a rellenar los campos pertinentes de su ficha de ingreso. Todo iba como la seda. Los “problemas” comenzaron cuando incluyeron a Hugo en algún estudio del que ella no sabía nada. El caso es que se lo devolvían, después de cada sesión, cada vez más alicaído. Nadie le daba explicaciones, solo le aseguraban que estaba bien y que no era competencia suya evaluarlo más allá de sus necesidades básicas. En eso tenían razón.

A Tania le daba pena y procuraba buscar tiempo que pasar con él cuando sus obligaciones se lo permitían: jugaban, le estimulaba con dulzura y trataba de animarle. Parecía muy inteligente y por más que buscó, no encontró señal alguna de tortura. Fue por aquel entonces cuando le puso nombre, aunque no fue tarea fácil. El mono protestaba con quejidos, demasiado parecidos al llanto, ante sus propuestas. Solo se calmó cuando ella le ofreció llamarle Hugo, ¡fue increíble! El destello de agradecimiento y pura humanidad que asomó a sus ojos color ámbar hizo que Tania sintiera un escalofrío por la espalda. También le obsequiaba con música a veces, y las preferencias del animal quedaron tan claras que era imposible obviarlas: música clásica, sin lugar a dudas. No era el género favorito de la cuidadora, pero como estaba por agradar al pobre animal, transigía. Tan solo una vez, pasado el tiempo, se atrevió a meter en el reproductor un Cd con uno de sus grupos de rock favoritos y tuvo que quitarlo enseguida. El gesto de Hugo mudó de la complacencia a la ira en segundos. Cuando levantó la cabeza para clavarle la mirada, ella comprendió que se trataba de una amenaza. Así, poco a poco, de la compasión pasó al miedo y de visitarle con agrado a evitarle todo lo posible.

Además de su comportamiento, cada vez más serio y taciturno, Hugo estaba cambiando su aspecto físico. Se mantenía más erguido, se sentaba largos ratos en el suelo contemplándose las manos entrelazadas sobre el regazo,  cualquiera diría que meditando, y dejó de hacer con el rostro las muecas propias de su especie. Era sobrecogedor el silencio que le circundaba siempre y el modo en que sus ojos expresaban toda clase de emociones. El colmo fue el día en que se hizo con una bayeta de limpieza que ella dejó a su alcance y la usó para cubrirse los genitales. A Tania no se le ocurrió quitársela porque estaba segura de que él había comenzado a sentir pudor de su desnudez; le pareció que sería una crueldad. También le pareció que ya apenas si era un animal lo que contenía aquella jaula.

Pero ella no abandonó su puesto en el laboratorio por ninguno de estos extraños episodios; lo dejó el día en que Hugo aprovechó que pasaba demasiado cerca y, en un descuido, la sujetó del brazo con fuerza. Juraría que mientras la miraba con desesperación había conseguido articular una palabra igual de desesperada: ¡ayuda! 

Hoy Tania ya no trabaja con animales, le recuerdan demasiado a Hugo y la hacen dudar de su cordura. Sin embargo cree que volverá a verle en algún momento. La prensa habla de la fuga de un ejemplar de simio en el laboratorio donde ella solía cuidarle…

Julia C. Cambil

Dedicado a mi madre, que sin saberlo me dio la idea para escribir este relato.